El llanto de la Seda Negra

El llanto de la Seda Negra

Cuenta la leyenda que en el mes de diciembre del año 1489 al caer la recia fortaleza de Baza, después de seis meses de asedio por parte de las tropas dirigidas por Isabel y Fernando, se decidió la suerte de la ciudad de Guadix. El rey Zagal comprendió que la ruina de su poderío estaba decretada por los altos designios de Alá y con el fatalismo del creyente acató su infortunio y decidió acogerse a las espadas vencedoras con el vasallaje de su persona y la total entrega de su reino. Para ello, hubo de convencer a los nobles y al pueblo de que mantener el conflicto bélico era condenar a los jóvenes a una muerte segura para finalmente rendirse, porque aquella era la voluntad de Dios.

El día 29 de diciembre, las tropas cristianas acamparon frente a nuestra ciudad, en el otro margen del río.

Soplaban fuertemente los vientos helados de todas las sierras, y el aire se empleaba con ahínco en derribar las tiendas que los cristianos utilizaban para resguardar su sueño y su descanso. Tras la desapacible noche, amaneció un día sereno y soleado. Dando las doce, desde los puestos de vigía del campamento, anunciaron que se acercaba una amplia comitiva procedente de la ciudad. Toda la tropa tomó posiciones y se mantuvieron en guardia.

La reina Isabel reconoció inmediatamente la figura inconfundible del Zagal, que vestía con manto negro de seda, sayo largo militar de pelo camello del mismo color y blanquísimo turbante de lino cubriendo sus rizados cabellos de azabache. Cabalgaba sobre un bello corcel blanco de majestuosa estampa, que era envidia de moros y cristianos y con él, todos los nobles de la corte ataviados con las mejoras galas.
La misión que tenían encomendada llenaba su mirada de tristeza, aunque no conseguía que su porte perdiera la altanería propia de quién se sabe poderoso. En una bolsa, en su costado izquierdo, se oía el quejido de las llaves que abren y cierran las puertas de la ciudad. Pareciera que aquellos pedazos de metal presintieran un triste destino. Zagal “El Valiente” iba a rendir la fortaleza de Guadix ante la corona cristiana.

Fue un día infeliz para todos. Para los moros porque perdieron su tierra, la tierra de sus padres, la de sus abuelos, la de todos sus antepasados por ochocientos años. A los cristianos les dolían los muertos de aquella contienda y no podían evitar ver reflejado en El Zagal y sus hombres, a tantos buenos guerreros cristianos que tuvieron que entregar sus armas, en anteriores batallas.

Cuando el noble rey estuvo ante Isabel la miró de frente, con toda la intensidad de sus ojos verdes y le dijo: “Señora, ¡Sea la voluntad de Alá, cuanto él quiere, se hace y se cumple! Si Dios no hubiese decretado la caída del reino de Granada, mi mano y mi espada lo hubieran mantenido. Aquí tenéis pues, las llaves que os abrirán el corazón de Guadix”.

El paisaje en esa zona es siempre diferente, dependiendo de la intensidad del sol, del color con que se engalanen las nubes, del predominio de la variada gama de verdes de la primavera, o de los tostados, ocres y dorados del otoño. Es un bellísimo lugar al que se conoce desde aquel fatídico día como El Humilladero.

Las tropas cristianas entraron en la ciudad y pusieron guardia en la Alcazaba y en las torres de la muralla. Designaron a Pedro Hurtado de Mendoza, Adelantado de Cazorla, como responsable del gobierno. La reina Isabel se asomó entre las almenas de la fortaleza y vio como el rey moro y sus hombres se alejaban hacia su nuevo destino en Orán. En su corazón, admiraba al hombre que marchaba y que ella consideraba el último esforzado paladín del reino moro.

Sigue contando la leyenda que el último día del año, al atardecer, justo cuando el sol toma contacto con la línea del horizonte, se puede oír el sonido de un caballo galopando y el suave crujir del manto de seda que cubría el cuerpo del Zagal, porque salió de esta tierra para morir y su espíritu vuelve cada fin de año para llorar por Guadix en el Humilladero.