El Campanero de la Catedral

El Campanero de la Catedral

Nuestra aventura comienza por la Catedral, primera diócesis de España, monumento emblemático de gran belleza que guarda en sus entrañas joyas arquitectónicas de gran valía, desde la réplica de la “Piedad” de Miguel Ángel de autor desconocido, hasta una pila bautismal de origen incierto y belleza genuina. Pero una de las características que posee esta catedral son una serie de singularidades arquitectónicas que son únicas…el bello arco de esviaje de la capilla de San Torcuato o las escaleras de forma helicoidal por donde se sube al campanario y a los aposentos del campanero que antaño era costumbre que viviera en la Catedral, como el Quasimodo de Notre Dame.

He de significar que en esta laberíntica estructura de las escaleras, el que sube nunca se cruzan con el que baja aun siendo simultáneo ambos desplazamientos, coincidiendo cada uno en un espacio diferente, siendo la misma escalera…curioso ¿No?

Cuenta la leyenda que… el día de todos los santos una anciana morisca se refugiaba de la intensa y fría lluvia en la puerta de Santiago de la Catedral, sus manos envueltas en harapos las extendía como sarmientos para pedir limosna a los feligreses que entraban y salían del templo, pocos eran los que se apiadaban de ella y dejaban caer alguna que otra moneda. Al poco tiempo, paso por ahí una señora de alta cuna, a la que la indigente insistió plantándose en su camino y ¡de pronto el marido de esta, apareció y le arreo dos y tres golpes con el bastón en la cara que la hicieron retroceder a su rincón, dolorida y con el labio partido en dos! – “¡Ojalá os pudráis en el infierno!”-Escupió la anciana herida…

Al caballero de ilustre apellido del cual prefiero callar, perteneciente a la cúpula del Santo Oficio y siendo su persona el terror de los moriscos, no le resulto muy grato el mensaje y ordeno a su criado que avisara a los justicias para poner a la morisca a buen recaudo. El campanero que se encontraba cerca del lugar,  vio la escena e intentó socorrer a la anciana, temiendo por lo que le iba a venir encima….
-”No es para tanto, mi señor, es solo una vieja morisca de los arrabales de las cuevas, que no hace mal a nadie”.

El caballero al escuchar las voces, lo miro con desprecio.-” ¡Tú a lo tuyo! campanero chismoso, si no quieres también tener problemas”. Torcuato, que así se llamaba el campanero al ser este nombre muy común en Guadix, vio la injusticia del poderoso caballero y le respondió -” ¿señor, no ve que está enferma y solo pide limosna?”….entre tanto llegaron los justicias acatando las órdenes del prepotente caballero que señalando a la anciana ordenó.

-”A la vieja bruja… a la mazmorra hasta que confiese su brujería y al campanero, arrestarlo en la torre del campanario de la Catedral, hasta que el Santo Oficio se reúna y decida qué hacer con él…puede que sea partidario de los moriscos sublevados”.- Acusando injustamente a los dos.

La anciana morisca sabiendo lo que le esperaba y antes de ser conducida a una muerte segura, se encaró con el malvado caballero y le vaticino una profecía.
-” ¡Tú me has condenado siendo inocente y ahora yo te maldigo!… en el ocaso del tercer día, el poder de un príncipe atravesara tus oscuras entrañas y dos ángeles siniestros te indicaran  la entrada de tu paraíso infernal  mostrándote dos cálices de aire que se llenaran con tú alma maldita y así penarás tus pecados toda la eternidad”.
El caballero se quedó sin habla mientras los justicias se llevaba a Torcuato detenido y a la anciana a rastras con dirección a la crueles mazmorras.

La maldición de la vieja quebró la tranquilidad del aristócrata que una vez en su casa solariega no dejaba de pensar en las palabras enigmáticas de la bruja, su natural templanza ante juicios sumarísimos, había desaparecido anidando en su alma el miedo,   hasta tal punto que se le hizo insoportable quedarse en su despacho sin hacer nada y así para remediar la situación, decidió como buen cristiano, ir todas las tardes a rogar al Santo Torcuato para que intercediera por él. Estaba en su tercer día cuando su mujer llena de preocupación por el estado de nervios de su marido le dijo que si antes del ocaso se encontraba en suelo sagrado ninguna maldición le alcanzaría y que el mejor sitio para resguardares de la maldición de la anciana era… la catedral.

Y así lo hizo, pero… antes de ir a rezar al Santo Patrón de Guadix, se paseó por las mazmorras para ver cómo estaba la bruja, comprobando con júbilo que había fallecido durante los duros interrogatorios de la inquisición y así se marchó más tranquilo pensando que ya, nada podía hacerle la vieja bruja a su persona, porque ¡muerta ella…sepultada su maldición!  ¡Al fin se había librado del maleficio!

Y de este modo, cuando el sol estaba en el ocaso del tercer día, un hombre vestido  con ropajes negros salió por la puerta camuflada de la sacristía y en sumo silencio llegó hasta la capilla de San Torcuato sin ser visto, allí encontró el caballero rezando al santo y en un rápido movimiento saco una daga y tapándole la boca por detrás, le asesto varias puñaladas en los riñones, dejándolo moribundo en el suelo, diciéndole al oído y en voz baja:

– He cumplido el mandato de mi príncipe Aben-Humeya… ¡eras la peste para los de nuestra raza! Marchándose para dejar al caballero malherido que dando trompicones pudo llegar hasta la puerta de Santiago, cayendo al suelo de rodillas y ante él vio el dintel de la enorme puerta con dos figuras demoniacas en cada extremo invitándolo a atravesar la entrada. En su último esfuerzo logro atravesar la puerta para pedir auxilio cayendo fulminado mirando al cielo y en su última visión tuvo frente a si dos cálices de aire con las columnas de la Puerta de Santiago, cumpliéndose punto por punto la maldición de la anciana morisca.

La noticia de la muerte del poderoso caballero corrió como la pólvora comprobándose que el campanero no tenía nada que ver con aquel crimen pues la guardia lo había  custodiado manifestando que en ningún momento persona alguna había entrado o salido por aquella puerta, quedando esté libre de sospecha.

En las habitaciones de la torre del campanario, Torcuato limpiaba a conciencia la sangre de la daga que su primo Aben- Humeya le había regalado y una sonrisa diabólica delataba su participación pues lo que no conocían los soldados es que mientras una escalera subía de la calle otra bajaba por el mismo hueco a la capilla de Santa Teresa de Jesús dentro de la catedral, pudiendo burlar la vigilancia de los soldados para cometer su crimen.

Solo la daga de Aben-Humeya de esta leyenda está en el Ayuntamiento de Guadix para su exposición, los demás elementos se encuentran en la Catedral, solo hay que tener buen ojo para descubrirlos…